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El show mediático-político continúa en Madrid, y después de las últimas elecciones, en el aniversario del 15-M del año 2011, hay algunas cosas que merece la pena repensar.


Cada uno de sus protagonistas ha respondido a su manera. O mejor dicho, ha elegido responder como mejor le ha parecido, retratándose en el camino. Y cada uno de ellos ha elegido el camino que tendrá que recorrer a partir de ahora, determinado por cada una de sus elecciones.


"Ayuso es el nombre que han sabido asociar a un remedio mágico de vendedor ambulante, eficaz contra la COVID y sus miserias derivadas."

Ayuso, triunfalista, ha decidido que la victoria es suya. Pero Ayuso no existe. Ayuso es un equipo formado por estrategas que han sabido aprovechar las oportunidades del momento, y tapar los agujeros que iba provocando la espontaneidad de su candidata. Ayuso es la encarnación de una forma de trabajar en la que Isabel Ayuso tiene tanta importancia como la actividad de Miguel Angel Rodríguez, Alfonso Serrano, o la inactividad esencial de Casado, que gana tanto más, cuanto más callado está. Ayuso es el nombre que han sabido asociar a un remedio mágico de vendedor ambulante, eficaz contra la COVID y sus miserias derivadas. Y su talla creció tanto más, cuanto más se le atacaba por ser la gestora de redes del perro de Aguirre; o cuanto más se intentaba humillar su candidatura alegando que es intelectualmente pobre. Ese tipo de elitismo intelectual y laboral ha sido un filón para ella. Acabará la pandemia, y entonces tendrá que enfrentarse a su gestión. Y en función de quien tenga delante, y cómo, volverá a ser presidenta, o no. Memento mori.


"Iglesias se fue dolido y convencido de que los madrileños le habían traicionado. Sin autocrítica."

Pablo Iglesias se fue llorando. Y acusando a los madrileños de venderse por una caña. Cuando lo ví, no pude evitar acordarme de algunas de sus frases favoritas: por ejemplo “a política se viene llorado de casa”. El único candidato que fue verdaderamente candidato (pues él se aseguró de que su autoridad esté por encima de asesores y comparsas), pagó el precio de ser él mismo. Y en Vallecas, donde perdió; y en el resto de barrios obreros de Madrid, donde también perdió, no todo el mundo toma cañas. Seguramente, los habitantes de esos barrios siguen sin entender su huída a otro barrio más seguro y clase media, siguen sin saber el resultado de su gestión como vicepresidente, desconocen por qué su pareja es Ministra sin experiencia alguna en gestión, o por qué ha sido macho dominante sostenido sobre un discurso feminista. La aprehensión intelectual, y posterior perdón de estas y otras incoherencias, y su transformación en contradicciones necesarias para el progreso de la revolulción, es un lujo que solo se pueden permitir los ricos, porque es una actitud esencialmente ideológica. Y para ser ideológico hace falta tiempo y dinero. Y no hay nada más retrógado y reaccionario que predicar una cosa desde el púlpito, y luego hacer otra. Iglesias se fue dolido y convencido de que los madrileños le habían traicionado. Sin autocrítica. Sin una reflexión sobre qué hizo mal. Sin querer recordar que su camino lo eligió él cuando decidió que le sobraba la discrepancia interna, y defenestró a errejonistas, anticapitalistas, etc; o cuando eligió llamar idiotas a los que no le votan. El autoritarismo de pseudo-izquierda pierde un candidato. Al final, sus decisiones le han abocado a rodearse de sí-señores. Y ese es su triste y acrítico futuro.



"Mónica García ... Su futuro será directamente proporcional a su capacidad para definirse políticamente más allá de clichés."

Mónica García se hizo con la mayoría de la izquierda de la misma forma que Ayuso se hizo con la mayoría de la derecha. Por eliminación. Más Madrid aprovechó el rechazo manifiesto que provoca Iglesias y los errores que Moncloa impuso a su mejor candidato de todos los tiempos. El futuro, sin embargo, parece bueno. Y esto último, a partir del hecho de que fue uno de los dos candidatos que tuvo palabras de autocrítica sin excusas y que tuvo el buen gusto de no llamar idiotas a los madrileños que no le votaron. Su futuro será directamente proporcional a su capacidad para definirse políticamente más allá de clichés.



"Gabilondo pasará a la historia como un buen ministro y como un candidato casi utópico en el mejor de los sentidos.

Gabilondo era, con mucha diferencia, el mejor candidato de los que se presentaban. Lo poco que le conocí, y lo que he ido sabiendo de él, me convence de que hubiera sido el mejor gestor, tanto por capacidades personales como por experiencia en gestión. Lamentablemente, le decidieron desde la cabeza invisible del PSOE que él tampoco podía ser él. Y luchó privado de sus mejores armas, y sin apoyo visible. Lo más lamentable de la campaña del PSOE fue la anulación de su candidato y la imposición de una imagen que no le correspondía, junto a la ausencia estratégica de la cabeza invisible del partido. Sánchez mostró dos cosas: una, que para él todo actuar es estratégico; dos, que su calidad humana está por debajo de esa estrategia. Ante su falta evidente de capacidad de gestión, y fiel a un ideario de resistencia (similar al de Donald Trump, por cierto) lleva puesto de lado toda la crisis de la COVID, huyendo de situaciones que bajen sus ratings, intentando que otros asuman sus responsabilidades, y, en este último episodio, dejando a Gabilondo solo en la noche electoral. Cuando Ángel salió a reconocer su derrota, con elegancia y con mesura, Sánchez no estaba. Y cada uno ha escrito lo que ya es su pasado, y por lo tanto también lo que será su futuro. Gabilondo pasará a la historia como un buen ministro y como un candidato casi utópico en el mejor de los sentidos. Sánchez, a base de ausencias estratégicas, desaparecerá.


"Monasterio ... desvía la atención e impide una visión crítica del problema, y aleja el aporte de soluciones solidarias y reales. Y así el resto de su programa."

De Vox tengo poco que decir. Aunque existía antes, su relevancia política creció con el surgimiento de Podemos, y con la usurpación del movimiento 15-M por parte de Iglesias. Éste último llegó y dijo “ahora me toca a mí ponerme chulo”; y Vox contestó “pa chulo mi pirulo”. En resumen, política de altos vuelos. Vox es una imagen en un espejo descascarillado en el que se mira Unidas Podemos. Su fortuna es directamente proporcional a la de UP. Y su visión del mundo, totalitaria e impositiva por cojones u ovarios. E igual de estéril. Entiendo que juzgar a la gente por su aspecto es un asco, pero el rictus de Monasterio me genera tensión en la mandíbula. Y su rifirrafe con Iglesias me confirma por qué. Su cruzada mágica contra los MENAS, por poner un ejemplo, desvía la atención e impide una visión crítica del problema, y aleja el aporte de soluciones solidarias y reales. Y así el resto de su programa.

El día 15 de mayo se cumplieron 10 años de un movimiento popular anti-totalitario y asambleario. Fue ejemplo para el mundo, y de él surgieron movimientos tan críticos como Occupy Wall Street. Podemos aprovechar el aniversario para reeditarlo, hacer autocrítica respecto a la manipulación que sufrió por parte de la pseudo-izquierda autoritaria, y volver a recordar que una democracia debe ser algo más que lo que refleja Bukowski:

“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que, en la democracia, puedes votar antes de obedecer las órdenes.”


O bien podemos dejarnos engañar por el brillo casposo de los clichés y celebrar la victoria de la libertad de Ayuso y la desidia de los madrileños con Iglesias; o la victoria de la libertad de Iglesias y la desidia de los madrileños con Ayuso, que es lo mismo porque da igual.


La democracia está en crisis.


Esta última frase puede ser de las más repetidas en los últimos 2.500 años en occidente, en aquellos escasos periodos de tiempo en los que la democracia era un valor político preciado.


Y sin embargo es cierta.


Es posible que en la esencia de la democracia esté la crisis. Eso sería bueno en la medida en que la que esa crisis permanente pudiera provocar una (r)evolución permanente. No es el caso.


La aparición de los últimos personajes señeros en la política occidental es un clamor que nos empeñamos en obviar bajo el cliché de siempre: “son excepciones. Confirman la bondad del sistema. La democracia es defectuosa, pero no hay nada mejor”. Pero Trump, Putin, Sánchez, Ayuso, Iglesias, Maduro, y una lamentablemente larga lista confirma que no son excepciones.


Podemos pensar que las ventajas exceden los incovenientes. Que es mejor que el pueblo vote aunque sea así: polarizado; fanatizado; sin leer programas o hacerse preguntas incómodas; asumiendo que las promesas electorales no están para cumplirse porque nada lo garantiza; aceptando el gasto descomunal en publicidad electoral que nadie lee; siendo cómplices de la colocación de personas manifiestamente incapaces de hacer un trabajo serio por el bien común; admitiendo que es mejor votar a un sinvergüenza porque el del otro bando es aún peor; aceptando como democracia un voto esporádico que no tiene más poder que decidir quien tiene acceso a los presupuestos públicos, sin garantías, sin responsabilidades, sin objetivos más allá de mantener el statu quo.


¿Qué ventaja podría ser mayor que estos inconvenientes?


El 15 de mayo de 2011 el pueblo español, para ejemplo del resto del mundo, dijo que estaba harto de esas supuestas “excepciones” que eran regla por lo abundante y lo recurrente de su acontecer. Y demostró que se podía poner en pie y exigir cambio y (r)evolución.


La respuesta fue un peregrinaje de políticos y sindicalistas subvencionados paseándose por Sol para intentar hacer caja de votos entre tod@s aquell@s ciudadan@s indignad@s. Es decir, más de lo mismo. 10 años más tarde el movimiento ha sido domado y enterrado por parte del aparato estatal.


"Mañana, en Madrid, podemos empezar por votar nulo."

Cada elección es un buen momento para empezar de nuevo la (r)evolución. La insumisión pacífica, el mejor arma. Mañana, en Madrid, podemos empezar por votar nulo. Un voto nulo no es equivalente a desentederse de la política. Al contrario, cuenta como voto emitido, pero al no ser válido, no contribuye a la aberración que supone poner en el 5% el límite por debajo del cual un partido se queda sin representación. Es decir, dejar a más de 230.000 personas por cada partido que se acerque al 5% - pero quede por debajo - sin representación.


Un voto nulo masivo enviaría un mensaje claro y contundente a las personas que se pasan la vida prometiendo reformas cuando aspiran al poder, y no haciéndolas cuando lo obtienen. Y además pondría a la democracia caduca frente a frente con su contradicción máxima: ¿qué se hace cuando el pueblo dice “basta”?


Mañana, por la democracia revolucionaria, vota nulo.

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